Author: Helios F. Garcés

Fermín Salvochea, Alejandro Sawa y Ramón de Cala se cuelan por el túnel del tiempo.

I

—¿Otra vez se dispone a introducir un diálogo sobre lo novelístico? ¿No le parece un tanto repetitivo?
—Y qué más da si es repetitivo o no; la cuestión es que es necesario. Además, usted preocúpese de volver a escribirle a Darío y pedirle que le pague. En un par de años, él tendrá un gran nombre y usted, en cambio… Veremos.
Se encuentran en un rincón de la cafetería, casi ocultos a la mirada general, sepultados tras una pirámide astral de conocimientos de primer orden. Gesticulan enérgicamente, atrayendo las escuchas ajenas. Fermín Salvochea lleva gafas oscuras y mira sonriente a Alejandro Sawa, visiblemente encabritado. Leen y comentan el primer borrador de una nueva novela llamada «Lo sucedido. Las estrambóticas aventuras de Albertito, el alucinao». Salvochea trabaja ininterrumpidamente en ella desde hace meses. La ciudad: Madrid, el lugar: Café Gijón.

—Ya le he escrito, lo cual me supone un vergonzoso esfuerzo de falsa fraternidad para con él. Los artículos los firmó él, pero los escribí yo. Mi esposa y mi hija pasan penurias; sin embargo, no responde a mis cartas. No sé qué hacer.
—¿Quién lo diría?, ¿y Verlaine?, ¿no puede hablar con él?
—Amigo mío, en la farándula poética, la solidaridad brilla por su ausencia. Lo importante es dejar constancia del ‘yo mismo’; a partir de ahí, todo lo demás es mito y mitología.
—Querido Sawa, apuesto la vida a que algún día será el protagonista de una obra teatral irrepresentable. Créame, se lo aseguro con total convencimiento. Sé quién puede estar a la altura de tal empresa. Aunque un tanto aristocrático, flirtea con la bohemia contestataria, veremos si para algo más que sacar provecho literario.
—Sé a quién se refiere, aunque lo encuentro más simpático a Lenin. En todo caso, volvamos a lo nuestro, que es lo que nos importa en estos momentos. En cuanto a lo leído, yo le veo poca fuerza. Un poco de naturalismo no le vendría mal a la trama, ¿no cree?
—¿Para qué seguir machacando los mismos ajos, Alejandro? A mí la historia me parece bien, aunque reconozco que, por ahora, es un tanto insustancial. Lo que me preocupa, y espero que sepa comprenderme, es no encontrar referencias sociales a través de las que presentar la misma. Todavía no he conseguido contar a qué se dedican estos personajes, más allá de a atormentarse constantemente. ¿Qué empatía pueden despertar en el pueblo unos hechos tan desprovistos de valor político?
—Sí, eso también lo he notado; no obstante, yo no me precipitaría en un juicio total sobre tal asunto. Dese cuenta de que en una novela hay que hilvanar los acontecimientos de forma que sorprendan al público. Además, qué más da; usted sabe que en muchos casos el contenido pretendidamente político de una obra no se corresponde con la actitud de su autor.

Ramón de Cala ha entrado en la cafetería. Notoriamente ofuscado, se mesa la gran barba mientras observa la sala en busca de su amigo. La tarea que Margarita López de Morla le ha encomendado no es en absoluto sencilla. Necesita convencer a Fermín para que le ayude a evitar la catástrofe, pero desconoce cuál puede ser la manera adecuada de conseguirlo. Al divisar a Salvochea se recompone y corre hacia la mesa en la que este y Alejandro Sawa se encuentran absortos en su elevada discusión. El temor a ser malinterpretado por ambos le impide explicarse con claridad sobre lo sucedido.
—¡Fermín!, ¡tengo que hablar usted urgentemente! Tenemos poco tiempo. Perdone, usted debe ser Alejandro Sawa; no sabe cuánta alegría me produce el poder saludarle, lo que ocurre es que debemos marcharnos cuanto antes y
—El gusto es mío. Tome asiento, necesitamos de su opinión en una cuestión literaria sobre la que Fermín y yo no conseguimos ponernos de acuerdo. Por favor, siéntese. Me parece coincidir con el señor Salvochea en la intuición de que su ayuda será de gran importancia, ¿no le parece, compañero?
—¡Sin duda! Acomódese, se lo suplico, de Cala. ¿Gusta de un chocolate caliente? Camarero, por favor, sírvanos dos tazas más de chocolate; cuanto más espeso, mejor, gracias. ¿Qué es lo que ocurre Ramón? ¿Por qué tanta prisa?
—¡Cómo que por qué tanta prisa! Usted tampoco debería estar aquí, tan tranquilo. Discúlpeme, señor Sawa, no quisiera incomodarlo pero mi confianza con Fermín me permite dirigirme a él en estos términos.
—Descuide, lo comprendo perfectamente. Pero permítame que insista; no puedo dejar pasar esta oportunidad. Necesitamos aclarar este entuerto y su presencia aquí nos puede resultar provechosa. Si no es con su ayuda, no lo conseguiremos; necesitamos de la opinión de un tercero. Por favor, Ramón, son apenas unos minutos.
—…
—¿Qué me dice?, será por poco tiempo.
—…
—Vamos, Ramón, no se haga de rogar.
—Y cuál se supone que es el motivo de la riña entre ustedes, si no es mucho preguntar.
—¡Fantástico!, Pues verá, resulta que a nuestro amigo Fermín le ha dado por escribir una novela futurista.
—¡No me diga!, yo siempre le he visto muy anclado en el presente.
—Pues mire por dónde, ahora está trabajando sobre la historia de un escriba de tres al cuarto. Un escritor del siglo XXI. Cuando usted ha llegado, estábamos departiendo sobre el compromiso del artista con la realidad social en la que está, quiéralo o no, inmerso. Todo ello consecuencia de la lectura del texto en cuestión, que, desde mi punto de vista, resulta ser un extraño mejunje de personajes estrafalarios que intentan ponerse de acuerdo en cuanto a lo que es importante o no en el oficio de la escritura.
—Es decir, un texto metaliterario, ¿no es cierto?
—Más o menos, eso es.
—¿Nada más?
—No, hay más. A su vez, intenta relatar la historia de un editorcillo envidioso, cuyo amante sufre de una galopante falta de autoestima que lo sitúa a merced de la ironía pérfida del primero. Eso sin contar con la existencia de una orgullosa y abnegada escritora con ínfulas de grandeza que tiraniza a su pobre hermano para que consiga vender su obra al mejor postor.
—Entiendo, ¿y cuál es la disputa?
—Todo gira en torno a de qué manera debe introducirse lo político en lo literario, y hasta qué punto es legítimo acusar a un autor por no hacerlo, ¿comprende?
—Pero, en realidad, existen muchas maneras de comprometerse con la realidad, y no todas pasan por la explicitación de una vinculación ideológica en la obra de arte. La materia de nuestros sentimientos, por ejemplo, puede ser un gran tema literario. Acuérdese del daño que la proliferación desmedida del individualismo burgués causa en la fibra moral de nuestras sociedades. Será sobre tal comportamiento sobre el que se construirá la máquina opresora del mañana, ¿cuántas veces me ha dado la razón en ello, Fermín? Pues bien, existen innumerables caminos para abordar tales problemáticas.
—Sawa, ¿qué le parece la opinión de Ramón?— responde Salvochea. ¿Le merece el crédito del que parece estar revestida? Y sepa que puede hablar con total honestidad. Ya sé que con Valle Inclán todo tiene un límite. Fíjese que incluso desconfío de Blasco. No sé por qué me da la sensación de que intenta ridiculizarme. No me extrañaría verme mal retratado en alguno de sus escritos. Respeto su posición frente a la dictadura, pero como tantos otros, no termina de comprender la relevancia del ideario ácrata. Yo sé que usted trata a menudo a esta gente, como lo hago yo; y es que en tiempos de lucha las alianzas se estrechan. No obstante, a menudo nos olvidamos de que muchos de nuestros compañeros actuales serán contrincantes acérrimos una vez que establezcamos la democracia.
—Sí, es cierto. Trato con ellos, como bien sabe. Sin embargo, no pierdo de vista lo que dice al respecto. En todo caso, el señor Rafael Barret tiene mucho más que perder, ya que incluso Ramiro de Maeztu está entre sus malsanas compañías. Por cierto, Baroja tiene mucho interés en conocerle, ¿sabe?
—Sé, sé, aunque dadas sus amistades he optado por evitar a toda costa un encuentro con él. En cuanto a lo del Rafael, dele tiempo. El exilio hace maravillas y Barret solo necesita un poco más de él para transformarse en el extraordinario libertario que está destinado a ser. La clase pesa mucho, Alejandro, usted lo sabe.
—Señores, por favor, redirijan la conversación— exige Ramón de Cala.
—Sí, Ramón, disculpa. Alejandro, por favor.
—Estoy absolutamente de acuerdo con Ramón. Ahora salgamos de aquí y vayamos a mojar el pico, que ya es hora. Pero siga, siga leyendo. Así, de Cala conseguirá entender de qué estamos hablando realmente.
—Soy todo oídos.
—¿Quiere que le contemos?
—Adelante.
—La intención es mostrar hasta qué punto resulta imposible contar una historia, sin más. Reducir al absurdo la voluntad de contar una historia hasta que los personajes de la misma se harten de reproducir el papel asignado, y el autor se canse de mentir. Es entonces cuando todo girará, irremediablemente, en torno a las intenciones del autor y su voluntad de reflexionar sobre cómo contar una historia, para qué y por qué. Verá, tal y como le estaba contando, la novela ante la que nos encontramos trata de sobre la vida política de un tal Pepe Vázquez, un escritor pazguato.
Cuando lo conoció, Pepe detestaba profundamente a Guillermo; observaba en su conducta aquellos tics y defectos fundamentales del clásico pseudo intelectual de provincia. Sí, Guillermo es otro personaje. Se tenía, sin duda, por el más listo de su casa, me refiero a Guillermo. Pero fuera de ella no era más que «un paleto con diploma». A menudo se sentía frustrado por ello y lo pagaba con Pepe de forma ruin. Había encontrado en él a alguien con quien desquitarse fácilmente de su inconfesable complejo de inferioridad dialéctica. Como el animal salvaje que detecta el miedo de sus contrincantes potenciales y lo utiliza para someterlos bajo su dominio, Guillermo supo ver en la atormentada personalidad de Pepe a una presa vulnerable. Pepe, un hombre que era capaz de reprimir sus opiniones sobre cualquier asunto si percibía la posibilidad de herir o incomodar a su interlocutor.
—Comprendo, ¿hay alguna forma de mostrar claramente de qué manera Guillermo vilipendiaba a Pepe?
—Pues sí, verá, por ejemplo, aquí, en esta página que le muestro, hay un diálogo de la época a la que me refiero suscitado entre ambos:
—Tú sabes los bocetos y bocetos que han sido necesarios para llegar hasta aquí.
—¡Miles!
—Eso es, miles de bocetos en los que nos hemos roto la boca y el cerebro, ¿qué me vas a contar a mí? Crear una historia, qué fácil suena, ¿verdad?
—Sin duda.
—Como si no fuese importante leer. Leer y leer. Leer la novela brasileña del siglo XIX; leer los ensayos de Unamuno; leer a Faulkner; leerlo todo. ¿Qué estás leyendo últimamente?
—Nada, ahora nada.
—Pues muy mal, querido Pepe, muy mal. Así no vamos a ningún sitio, tú quieres escribir por algo en especial, ¿no?
—No sé.
—Por lo que veo, estamos especialmente lúcidos. Te pregunto porque, como sabes bien, los hay que escriben porque dicen no saber hacer otra cosa. Tú crees ser uno de éstos; aunque cuidado, no te subas a la parra y lee. Y si no dispones del dinero suficiente para comprar libros, pídelos prestados; y si te da vergüenza, ve a la biblioteca y consume hasta la última página que encuentres. Pero no me vengas con eso de que no tienes tiempo, que te veo venir. Te conozco como si te hubiera parido, Pepe.
—Ya.
—Es muy difícil escribir algo con sentido; atiende que esto no es un perogrullo. Lo que no puede ser es que estés esperando ingenuamente a que llegue la inspiración divina y mientras tanto andes apesadumbrado, sin hacer ni el huevo. Apunta, Pepe, boceto y lectura; lectura y boceto. Escribir y leer son dos caras de una misma manera, quién no lo ve está completamente ciego. Mira, tengo que marcharme. ¿Nos vemos luego?
—Si… Bueno, no sé, ya te aviso yo. Hasta luego.
Como ve, queda patente hasta qué punto, el personaje de Pepe consideraba a Guillermo un impresentable. Para reforzar la imagen clara de este hecho en el lector, el autor, que soy yo, traslada a la obra numerosos monólogos internos en los que Pepe se debate entre su ira interior y la obligación de ser diplomático. Por ejemplo: Este tío es imbécil. Gilipollas. La próxima vez estaré alerta y sabré responder. Se va a llevar una sorpresa, el muy tarado. Yo tengo experiencia. ¿Qué se ha creído? ¿Por qué coño le he dicho que no estoy leyendo nada, si no paro de leer? De todas formas nunca me respetará, porque no entiende lo que escribo. No puedo volver a permitir que me trate así. La última vez. No puede ser que se marche dando brincos, tan tranquilo, mientras yo me quedo aquí planchado, regodeándome en el fango del rencor. Este majadero cree que es mi padre; pues no, no eres mi padre, Guillermo. Arrogante hijo de la gran puta, qué cabreo he cogido por tu culpa, con lo tranquilo que estaba yo. Estaré preparado para cuando volvamos a encontrarnos; tengo que dejarle claro que no pienso permitir que me subestime. Tú no sabes con quién hablas, Guillermo; muestra algo de respeto. Eso es, aprende modales y cállate de una vez, bocazas. Tan sereno que aparentas ser; deberías temblar, come mierda; estás lleno de prejuicios literarios. Pero claro, como te muestras seguro, llegas y convences, pero eso es porque todavía no te han mirado con lupa. Cuando lo hagan, descubrirán que no eres más que un paleto con gafas. Todo eso te lo diré, y lo haré con sosiego, con una sonrisa en la boca. Dios, necesito quitarme esta ira de encima. Es entonces cuando Guillermo vuelve a la escena y hace que Pepe cese en su debacle, mostrándose débil y falto de valor para enfrentarlo como quisiera:
—¡Pepe!, se me había olvidado una cuestión. Me ha costado encontrarte, ¿dónde te habías metido? He venido corriendo, temía que te hubieses subido al tren. Bueno, a lo que íbamos. Se trata de tu manuscrito. Mira, el personaje de Marcos está podrido, compañero, está obsoleto. Transmite la sensación de que vive sumergido en la frustración y la rabia. Resulta caricaturesco y plano. Si sigues por ahí van a comenzar a preguntarse si quizá es un reflejo inconsciente de tu ira contenida. Hay mucho psicoanalista suelto por el mundo de las letras. Parece mentira que te lo tenga que decir yo. ¿No dices nada?
—Sí, bueno, puede que tengas razón; tengo que echarle un vistazo.
—Eso, échaselo y retoca lo que tengas que retocar. ¿Ves cómo vas aprendiendo? Para eso estamos, para ayudarnos.
—Gracias, Guillermo; tus apreciaciones me sirven de mucho; menos mal que estás tú, porque yo solo no podría. En fin, te haré caso. Gracias de nuevo.
—Así me gusta, Pepe. Ahora sí, hasta luego. O mejor, nos vemos mañana, hoy tengo bastante trabajo acumulado. Adiós.
A la próxima. La próxima vez no temblaré. Me importa poco que vengas con aires de maestro estoico. Hoy te salvas porque estoy de buen humor. Porque no estoy tan de mal humor, quiero decir. Porque si no fuese así ya verías, ya. Con la vida tan difícil que he tenido yo, y mírame ahora, dejándome avasallar por este tipo de gente. Ya no soy el que era, definitivamente he perdido coraje. ¿Qué me ha pasado? Es por la autoestima, he perdido la autoestima, desde que me rechazaron para aquel trabajo no doy pie con bola. ¿Cómo he podido permitir que me arrebaten mi amor propio? Hasta tal punto es así que vivo a expensas de lo que digan sobre mí los demás. Y qué demás. Demás como este pájaro de mal agüero al que le importa más bien poco lo que yo pueda pensar o sentir. No he sabido rodearme de la gente adecuada. No es que yo sea huraño; pero si soy un encanto, venga ya.
—¿Qué le parece?, tiene fuste, ¿no cree?
—Desde luego que sí. Contrarrestar inmediatamente el desastroso monólogo interior a la conversación entre ambos es una buena forma de mostrar la patética rendición moral de Pepe ante Guillermo. Me interesa. Dígame, ¿hay otros personajes?
—Por supuesto.

De hecho, mientras Pepe se fustiga a sí mismo, encuentra, casualmente, a una antigua amiga, Ana Gómez. Ana, y su hermano Isaías son amigos de Pepe desde que eran niños. Este es el momento en el que tras dicho encuentro, el narrador, es decir, yo, reflexiona sobre el distanciamiento producido entre Ana y Pepe a causa de un extraño conflicto no resuelto: Podía percibirse en su mirada el rastro evidente de una tímida tristeza que le afectó profundamente. Quedaban muchas cuestiones que aclarar entre ambos y, hasta que no se enfrentasen honestamente a ellas, sus encuentros seguirían estando revestidos de aquella extraña frialdad que, poco a poco, destroza cualquier amistad, por muy poderosa que hubiese parecido ser esta en sus momentos de mayor gloria. Una frialdad que anhelaba convertirse en calidez, pero que no encontraba el camino adecuado para dar paso al abrazo y al cariño sin reservas.

—Pero, ¿quién habla ahora?, ¿el Pepe ese, o el narrador?
—¿No ve que se trata del narrador?
—Lo que veo aquí es un lío tremendo. Ya no sé ni quién habla. Está mezclando caóticamente las voces de los personajes con la del supuesto narrador. No hay nada claro. ¿No estará riéndose de nosotros, verdad, Fermín? De todas maneras, necesito que dejen ese esperpento de novela y me presten atención por un momento.
—Espere, continuemos unos minutos. Ahora viene la parte en la que el diálogo interior de Pepe se ve interrumpido subrepticiamente por la visión de un cartel del «Partido». Tranquilo, más tarde relato lo concerniente al Partido. La cuestión es que en dicho cartel aparece una de las cabezas visibles de la organización, Pablo Alfalfa.

Pablo Alfalfa, al que Pepe llama el paquidermo, suele peinar compulsiva y constantemente su largo cabello, comprobando si los precarios efectos de la permanente a la que se somete cada cierto tiempo para parecerse a Camarón, cumple la función esperada. Siempre iconoclasta, dirige toda su armamentística conceptual para deslegitimar cualquier proposición vital de carácter positivo. Nada le convence. Para él, todo está pasado de moda. Es asquerosamente burgués y asquerosamente europeísta.

—¿Ve usted? Por ejemplo, en este párrafo. ¿Qué quiere decir con eso de asquerosamente europeísta?
—Intento hacer mención a la exageración inconsciente con la que se adhiere al credo burgués europeísta.
—Bueno. ¿Pero no había otra manera de explicarlo que resulte menos chocante para un lector europeísta? Y otra cosa, ¿de verdad cree el autor que esta novela la leerán los proletarios? ¿Quién tiene tiempo para leer y escribir? No me gustan estos purismos ideológicos, Fermín.
—Así no vamos a terminar de leer esta historia nunca. Continúe, por favor — advirtió Sawa.
—De acuerdo, siga leyendo. Pero que conste que esto sobrepasa con creces aquellos minutos que me prometieron. Se me hace tarde y lo que vengo a contarles no es cualquier cosa
—Descuide, Ramón, ya terminamos:

El personaje de Pablo Alfalfa trabaja como crítico de flamenco en el suplemento cultural de un periódico de primera plana. Se define a sí mismo como un pensador ultra moderno, porque lo de posmoderno le suena, a estas alturas, a poco. Es un especialista en el arte de la charlatanería. Aturulla a sus subestimados congéneres con sentencias apabullantes al estilo de «La identidad es un constructo imaginario. El no ser agiganta su acontecimiento en lo no dicho, y lo no dicho despliega una poderosa tristeza metafísica.» Devora incansablemente toda literatura existente sobre el jazz, pero está privado de oído musical alguno, lo cual le obliga a suplir dicha carencia a través de la supuesta erudición adquirida en la materia. Yo [Ahora Pepe habla en primera persona] siempre intento llevar hasta las últimas consecuencias sus elevadas conclusiones sobre «la falsa subjetividad», como él mismo llama a cualquier intento de reflexión honesta que nos propongamos emprender sobre lo humano. He de reconocer que experimento una eufórica sensación de victoria moral cuando consigo exasperarle con mis sarcasmos: «eso del no ser significa que no existimos, ¿no, Pablo?», pero él siempre escapa ninguneándome «qué burdo… ¡Qué burdo eres, Pepe»
Nunca le he percibido como a un igual. No me fio de él. Su enarbolado descreimiento nihilista me parece una estrategia de marketing académico para ser aceptado en los círculos de la intelectualidad sevillana. Claro que tiene dioses, cree en dioses verdes, rojizos, morados que se agrupaban en torno al Panteón del Euro. No es un ateo, por mucho que le guste afirmarlo con prepotencia. Yo le he visto postrarse como un sumiso san bernardo ante las exigencias puramente mercantiles de los altos empresarios del arte. Toda esa hipócrita admiración que dice sentir por el situacionismo solo le sirve para seguir conservando un toque de inconformismo juguetón con el que aderezar su tibia imagen. Pero, en el fondo, se comporta como un nuevo rico. Es déspota, insensible y altivo. Nunca ha mostrado respeto alguno por mi abuelo o el de Ana. De hecho, suele aprovechar cualquier ocasión para irritarnos con sus acomplejadas diatribas. Elije maliciosamente el tema oportuno y lanza sus acusaciones «Lo de que la aportación de los gitanos andaluces fue esencial para el surgimiento del flamenco es un mito subcultural lorquiano, como lo de los afroamericanos y el jazz. Vosotros sí que sois racistas, mirad cómo os apropiáis del arte» Pablo se percibe como un apóstol de la iconoclastia. Esto último ya lo escribí, ¿cierto?

—Sí, creo recordar que más arriba hace mención a lo relacionado con la iconoclastia.
—Entonces hay que suprimir esa parte, espere. Así, mejor así: Es la mano derecha de Guillermo. Ambos han estado planeando, durante años, la creación de un partido político alternativo.
Es cierto que, en sus años más jóvenes, Guillermo había sido un militante de izquierdas convencido, pero poco a poco se había vuelto cada vez más conformista, convencido de que ello no representa sino un síntoma positivo de madurez emocional que lo diferencia de los idealistas como yo. Durante el alzamiento del treinta y seis, su bisabuelo había combatido por la república, hecho que solía recordarme agresivamente cuando cuestionaba su sentido del compromiso político.
—Nuestro partido no es de izquierdas ni de derechas, estamos más allá de las etiquetas ideológicas— o eso dicen en los mítines. Queremos responder a las expectativas tan cuidadosamente depositadas en las urnas por el conjunto de la ciudadanía, ya que, lamentablemente, están siendo ninguneadas por el aparato del régimen, a través de los dos partidos mayoritarios. Llega el momento de dar un paso adelante y crear una alternativa electoral que aglutine el descontento mayoritario. Nuestro primer compromiso será enfrentarnos al alucinado y revocar esta realidad injusta y arcaica que se cierne sobre nuestras vidas.
—Todavía creéis que las cosas se arreglarán a través de los votos, ¿no veis que se trata de una farsa?— suelo responderles yo.
—Tu actitud favorece los planteamientos reaccionarios. Alimentando al gusano de la desunión política no iremos a ningún sitio. Si quieres luchar, te propongo que te unas a nuestra estructura. Necesitamos crear un frente común.

Su partido es la verdad. Pero yo no estoy interesado en ninguna estructura que legitime el autoritarismo político. Me siento en la obligación de contribuir, en la medida de mis posibilidades, a la extinción de la dialéctica del amo y su siervo. Y por muy buena voluntad que puedan manifestar, tales aspavientos propagandísticos no me parecen más que una forma progresista de aceptar las reglas del juego. Si quieres jugar, has de convertirte en un jugador. Primero lo harás por obediencia a una supuesta estrategia de partido. Más tarde, comenzarás a descubrir que hay cuestiones que pueden ser modificadas superficialmente, aunque seguirás guardando en tu interior una chispa de ánimo revolucionario con la que calmar tu mala conciencia cuando seas cuestionado a causa de tu conformismo reformista. Cuando quieras darte cuenta, habrás aceptado la lógica del poder; habrás sacrificado la radicalidad de tus principios iniciales, porque no había otra manera de ascender con éxito en la estructura del Partido. Habrás luchado por ocupar el puesto que te corresponde, como líder natural de la vanguardia. Entonces nos mirarás desde ese elevado pódium de aparente lucidez llena de serenidad y nos llamarás radicales, anti sistema; querrás convencernos de que las cosas se cambian desde dentro. Pero no querrás compartir con nosotros el secreto del poder a voces: para llegar a ese dentro, tuviste que quedarte fuera; ya no eres el otro: ahora eres Poder.
Todo ello siempre he querido decírselo a Pablo Alfalfa, el artista ultra moderno cuya asquerosa melena se asemeja a un estropajo decimonónico; a Guillermo, el prepotente editor de Párrafos del que me estoy enamorando, muy a mi pesar, paradójicamente; pero, sobre todo, he querido decírselo al sopla gaitas de Darío Ruiz, secretario general del Partido en este momento. Deseo decírselo, pero no puedo. Como siempre, no encuentro la fuerza necesaria para contradecir abiertamente a las personas que no me inspiran confianza, lo cual me incapacita para participar de cualquier debate público de importancia.

—¿Ve, Fermín?— interrumpe Alejandro Sawa— Toda la narración describe un paisaje interior aquejado por ciertas controversias políticas y literarias. Echo de menos, eso sí, la conformación de un paisaje exterior; me refiero a la emergencia de un paisaje visual en el que se desarrolle la historia, ¿comprende? Por ejemplo, cómo es la ciudad en la que transcurre la trama; qué día hace; cómo va vestido; cómo se mueve; cómo ríen; cómo lloran.
—Perfectamente, Sawa. Aun así, el paisaje exterior, que necesita de ciertas habilidades poéticas, no siempre es percibido con nitidez. Lo que el lector recibe, en todo caso, es un aglomerado de imágenes conceptuales, ya que describir la realidad material es, inevitablemente, hacer literatura. Por todo ello, no merece la pena esforzarse en transmitir una fotografía exacta de lo percibido, sobre todo porque no es posible. Podrá describirse un paisaje exterior y una fisonomía con habilidad y fidelidad, pero nunca nos llegará una imagen compacta de lo descrito. Esto es literatura.
—¿Qué nos queda entonces?— pregunta un tanto desesperado Fermín Salvochea.
—Quizá un sistema más conciso a través del que mostrar al lector la atmósfera en la que se desenvuelven los personajes, sí.— responde Ramón de Cala.
—Puede que la acotación teatral le ayude a conseguir un efecto tal. Francisco Fernández suele hacer hincapié en ello.
—¿Quién es ese?
—Francisco Fernández es otro personaje, pero eso llegará más tarde, ahora centrémonos en esta parte de la novela:

Durante el camino a casa volví a recordar con todo detalle mi inesperado encuentro con Ana. Deseaba encontrar la clave que me ayudase a explicar la tristeza que encontré en sus ojos; una tristeza de la que, sin lugar a dudas, yo era, en alguna medida, corresponsable. Sin embargo, todo fue en vano. La poderosa vorágine de pensamientos inconexos en la que se sumió aquel paseo consiguió resquebrajar con éxito mi intención inicial. A pesar de mis esfuerzos, no conseguí tomar las riendas de la reflexión con la suficiente madurez como para sacar algo en claro. Quizás nuestra última discusión había sembrado en su corazón la semilla de un desencanto irremediable. Pero, ¿por qué tenía que ser aquella la causa de nuestra situación?, ¿por qué, si lo que hicieron o no nuestros abuelos no tenía por qué influirnos y así nos lo habíamos propuesto desde el principio?
Fue entonces cuando sonó el teléfono y recordé lo que, en realidad, no había olvidado; lo que había desplazado obstinadamente hacia espacios de mi conciencia poco frecuentados: durante aquella discusión nos hicimos acusaciones realmente dolorosas. No bastaba con un abrazo reconciliador y un «nos vemos pronto». Hay heridas que necesitan de otra atención, de otro cuidado. Que la amistad queda cuando el amor sucumbe no es sino una afirmación falsa e inconsciente. La amistad necesita de tanto alimento, cariño y sinceridad como el amor, y nada nos asegura su continuidad inmutable sino es con nuestra participación y esfuerzo constante.
El teléfono seguía sonando. Era Guillermo. Seguramente llamaba para decirme qué habían dicho sobre el manuscrito los de la editorial. Pero en aquellos momentos de exasperación no estaba dispuesto a soportar un discurso condescendiente sobre mis supuestos deberes literarios. Así que cogí el móvil y, por primera vez, planté cara a la circunstancia, decidido a marcar el comienzo de una nueva actitud para con su soberbia.

Retahila de locos. Primera parte: Tesis, Antítesis, Síntesis.

Tesis

Por ahora olvide lo sucedido, se lo ruego; lo retomaremos en el momento oportuno. ¿Sedacuentadeque, incluso cuando manifiestan opiniones radicalmente enfrentadas, los personajes literarios nunca osan interrumpirse entre sí?, ¿de que todos escuchan respetuosamente en silencio mientras se permiten terminar sin problemas sus respectivos monólogos? Pues ha de saber que, en esta novela, la realidad obedece a sinos muy diferentes, lo cual me parece harto interesante; por eso mantengo la firme convicción de que debería darle una oportunidad y leerla con atención. Otra cuestión de vital importancia en el universo literario es la concerniente a la supuesta necesidad de coherencia estructural y psicológica en los personajes. Permítame que le explique. Habitualmente, escucho a numerosos críticos, de diversas índoles y procedencias ideológicas, departir afanosamente sobre las posibles razones que llevan a un libro hacia el éxito comercial o, por el contrario, a sumirse en el supuesto fracaso; y tendría usted que escucharles. Que si los monólogos son buenísimos, que si mire qué bien construida está la psicología de este o del otro. ¿Usted cree que mi carácter psicológico es un ejemplo de claridad? Me da la sensación de que, al fin y al cabo, cuando hablamos del dichoso éxito literario, no estamos refiriéndonos a otra cosa que a la mercantilización de la narrativa naif. Una literatura que encaje en el corsé impuesto por las normas morales y estéticas dominantes. Es decir, una chiquillada. Todo ello me hace pensar en que de lo que en realidad se trata es de puro y simple vouyerismo. A la gente –y que conste que me incluyo conscientemente en el término– le gusta paliar la falta de coherencia que resquebraja sus propias vidas con el agradable y, no obstante, engañoso placebo que les proporciona cualquier lectura aparentemente sofisticada y sugerente. Coincidirá conmigo en que finalmente habría que romper sin miramientos con todo ello: nada de psicologías bien construidas, hagámoslo real de una vez por todas. No crea que me muestro insensible ante el complejo entramado de problemas filosóficos que cualquier disquisición rigurosa sobre la idea de lo real necesariamente implica. La coherencia, como valor práctico, hay que exigirla en política, en filosofía, en filología, ¿pero en el carácter de un personaje literario? No. Si resulta aburrido es porque no parte de lo real y deje que le diga algo, me importa un pepino la sobreestimada originalidad artística. La realidad a la que me permito hacer mención no es de ninguna manera reductible a la pobre metáfora de la pantalla plana, sino que se muestra irreductible a cualquier esfuerzo de coherencia lógico discursiva. Así que lo que actualmente busco en literatura es que lo que leo me diga algo, algo que no me deje indiferente. Claro que también hay que educar al lector, pero cuidado, educar al lector es educar al escritor ¿Qué busca usted cuando abre un libro? Escapar, eso es lo que buscamos, a mí a estas alturas no me engaña nadie, por eso yo apenas leo novela, ¡y mucho menos poesía!; prefiero leer ensayo histórico o político. Ahora bien, no crea que algo así me hace menos indicado para ser un buen agente literario, más bien todo lo contrario. Yo puedo trabajar con la suficiente distancia como para no creerme del todo al escritor, y, aunque parezca absurdo, ese es el mejor servicio que puedo hacerle al mundo de la literatura. Por último, quisiera advertirle sobre otro asunto que probablemente le va a entusiasmar, y es que se trata de una advertencia tranquilizadora. En esta novela no se producen constantes y pedantes referencias culturales. ¿No le irritan a usted esos autores rebuscados que siempre andan por ahí aprovechando el tirón para dejar claro su elevado nivel de erudición? Pues despreocúpese, tal cosa no ocurrirá. Sabe perfectamente que en el caso de los relatos es muy difícil incurrir en dichos excesos, ya que se dispone de menos tiempo textual para hacer que el lector se prende de la historia, ¿me comprende? Tiene que sorprender; que conseguir que se le pongan, con perdón, los ojos blancos al personal. Pues aquí hay una historia viva que merece la pena, nada de recursos superficiales ni de lenguajes engañosos. Hay personas a las que les encanta escribir como si vivieran en otra época y lugar. Escriben como Kavafis, pero viven en el barrio del Carmen. Estará de acuerdo conmigo en que si literatura no es fiel a la realidad del que escribe, no vale para absolutamente nada. Así que eso es lo que le traigo, una historia actual, caóticamente sincera o sinceramente caótica, como quiera; y comprensible, sobre todo directa y eficaz en su simbolismo y mensaje. Todo depende de usted. Ella está loca por saber lo que piensa al respecto, no se deje engañar por esa apariencia de autosuficiencia y mala leche; Ana es una mujer estupenda, llena de potencial y brío, pero necesita una opinión sincera y especial, como la suya. Entonces ¿qué me dice? ¿Le interesa?

Antítesis

Pues para comenzar, no entiendo por qué comienza el textito juntando inoportunamente las palabritas. Me refiero a ese «sedacuentadeque» con el que comienza la segunda línea del escrito; no le veo fuerza ni gracia, esa es la verdad. Me ha pedido una opinión sincera y, con mucho gusto, se la voy a proporcionar. También me ha llamado poderosamente la atención que hay aspectos del texto pendientes de ser sometidos a una sencilla revisión ortotipográfica; cosas sin aparente importancia, pero necesitadas de una corrección más exhaustiva antes de contactar con cualquier editorial. Ahora vamos a por una cuestión de fondo. Me comenta que, por lo general, los personajes de las novelas no se interrumpen los unos a los otros cuando discuten y que tal fenómeno es irreal; estoy de acuerdo. Lo que no consigo comprender es cómo puede decir eso y, acto seguido, escribir toda la parrafada anterior sin permitirme hablar. Se supone que, en este relato, estamos juntos en la habitación del hotel, almorzando, mientras usted intenta venderme el libro de su hermana. En ningún momento hace referencia a que mi compañero también está en la sala, lo cual me parece una falta de consideración. No lo digo porque estemos felizmente enamorados, o porque crea que un carácter tan particular y complejo como el de Pepe merezca algo más que una simple mención despechada de su amante en la respuesta al hermano de una de las escritoras que pueblan esta novela. No describe el entorno y mire que lo tiene fácil, porque este hotelucho se las trae. La salita comedor es digna de cualquier película vintage, con todos esos colores chillones y esa espantosa alfombra roja de terciopelo que hay a la derecha. Y el techo, mire el techo. Qué vigas de madera tan imponentes, pero qué sucias. Atento a la tela de araña que hay bajo los taburetes de acero inoxidable que hay en la habitación del fondo. ¿Por qué ha pasado por alto todas esas cosas? Está perdiendo oportunidades para enganchar al lector.
Sobre lo que afirma acerca de la coherencia revelada en la conformación psicológica de los personajes retratados en literatura. Tengo que decirle que yo no estaría tan seguro, quiero decir, para afirmarlo con tal rotundidad. A mí me parece que bajo el paraguas de la indeterminación, favorecido por el auge europeo de las vanguardias, se puede resguardar con éxito cualquier mamarracho. Por otra parte, puede que le parezca que su carácter no es coherente, porque alberga un concepto de la coherencia un tanto moralista. Sin embargo, a mí, que le he soportado durante horas, me resulta usted muy coherente. Coherentemente chiflado, ¿comprende? Suficiente como para poder describirle maravillosamente en un relato corto. Un tipo de media altura, bastante atractivo, pero sin pasarse. Un poco encorvado, muy bien afeitado, con el pelo largo y moreno; siempre con gafas. Ya ha adquirido incluso unas acentuadas marcas permanentes sobre la nariz que le acompañan para dar fe de su antigua intimidad cotidiana con la miopía, frente a aquellos que osen insinuar que no lee nunca nada interesante. Olvidadizo y algo falto de autoestima, irremediablemente afectado por esa incredulidad patológica que le ronda los ojos tristes. Muy coherente todo, ¿lo ve? Vamos ahora a centrarnos en su personalidad. A veces, manifiesta un lamentable tick de soberbia mal contenida que procura disfrazar sonriendo por lo bajini, sobre todo cuando el que le lleva la contraria consigue desarmar sus presupuestos. Duerme poco, ya me lo contaron sus ojeras la primera vez que tuve el disgusto de escucharle y es propenso a adquirir hábitos poco saludables en lo que a alimentación se refiere, lo cual disimula con su musculatura de deportista–a–ratos y metabolismo lo suficientemente flexible como para guardar con cariño en la memoria de sus aminoácidos los efectos de cualquier esfuerzo físico que se proponga realizar. Sabe usted escuchar, pero no sabe oír, lo cual le asegura una buena porción de depresión al año de la que cualquier persona emocionalmente estable se libraría sin pestañear. A veces tartamudea, especialmente cuando le sorprenden en una fechoría, como aquella vez que se comió a causa del nerviosismo toda la caja de bombones, mientras estábamos reunidos con Vargas Llosa. Ya sé que le molesta lo de la FAES, pero podría haber compartido algún bombón; fue un egoísta. Es un ser humano noble y ama a su hermana, que probablemente escribe mejor que usted; no porque no tenga talento, sino porque no se deja ver y prefiere permanecer en un estado de subdesarrollo literario en el que el único que parece disfrutar del grotesco espectáculo de su masturbación solitaria es usted. Por ahora suficiente, muy coherente todo. Por supuesto que no le importa la originalidad y eso también es comprensible. No obstante, deje que le advierta sobre algo que quizás le ha pasado desapercibido. Hay que encontrar la manera de decir lo que se quiere decir, después de haber luchado por encontrar qué decir. Usted, por lo que cuentan los que le conocen, parece tener algo que decir, sin embargo no ha encontrado la manera adecuada, porque para eso es necesario enfrentar la cuestión de la originalidad. Así que, como ve, no estoy tan de acuerdo con usted como inicialmente pensaba. Hay mucho escribiente de tres al cuarto que está más preocupado en que sus acrobacias resulten extravagantes y atractivas que en poner su escritura al servicio de una gran idea, pero le diré algo: tanto la primera postura como la segunda incurren, desde mi punto de vista, en un grave error de desequilibrio conceptual. Usted dirá, Isaías.

Síntesis

—Pues no sé qué decir…
—Era un decir, no escriba nada. Es mejor así, créame. No escapemos tan fácilmente. Es cierto que buscamos la evasión, pero para complacer esa degradante tendencia ya están los best sellers. Qué desgracia que la buena literatura sea igualmente susceptible de caer en este error, transformándose así en mero espectáculo. Me refiero al hecho de querer, simple y llanamente, entretener. Pero dígame, ¿qué es lo que se busca en literatura? ¿Podría afirmar algo con la suficiente inteligencia como para que no se viese malinterpretado?, quiero decir, como un gesto de pedantería. ¿Debe la literatura ejercer un efecto en el lector? Seguro que sí, pero ¿qué efecto? ¿Un efecto intelectual? ¿Un efecto político? ¿Un efecto ético? ¿Un efecto, tal vez, espiritual? No responda, sólo son preguntas, pero hagámoslas sin reparo. El escritor no es un iluminado, de acuerdo, por eso hace bien en perderle el respeto. No se lo pierda demasiado, eso sí; llévelo hasta el lugar que ocupamos los demás y, cuando esté allí, obséquiele al pobre con un abrazo sincero, que menudo camino ha elegido. Si es Vargas Llosa no le dé un abrazo. Hay escritores que sufren una sobredosis de abrazos, por muy fraudulentos que estos sean, y otra de aplausos. Lo cual nos lleva a la erudición y al valor que convencionalmente se le otorga. A mí no me irrita una muestra de perspectiva cultural en lo novelístico, todo lo contrario. Es cierto que, en exceso, las referencias culturales pueden resultar petulantes y pretenciosas. Pero si se muestran en su justa medida -ame y conserve a quien consiga descubrirla- son enriquecedoras; otorgan valor intelectual a los textos y los hacen salir de sí mismos, así como de las provincianas realidades a las que nos condenan a menudo los propios personajes literarios. Por último, escribe sobre la fidelidad, o la ausencia de ella, a la realidad; pero no sé a qué realidad se refiere. Creo comprender el fondo de sus impresiones sobre este asunto, aunque debo decirle que, como bien sabe, tal afirmación entraña ciertos riesgos. Imagino que es fácil acusar al autor si no es fiel a nuestra realidad o, mejor dicho, al discurso que sobre ella, un grupo determinado de lectoras, considera correcto; pero no se le podría acusar bajo ningún concepto por no serlo al suyo. Estoy seguro de que está pensando en la realidad político-social del que escribe. Si es así, no puedo estar más de acuerdo con usted. Aunque, al fin y al cabo, se trata de una cuestión de honestidad intelectual. Para terminar, le diré que se ha perdido la faceta cómica de lo que ha ocurrido durante esta reunión en la que hay tres personas que se interrumpen, que se juzgan e insultan. Lo ha dibujado todo de una forma demasiado seria y estructurada, es una verdadera pena. No obstante, todavía está a tiempo de darle un giro a la historia, así que usted verá.
—Ya veo que no he tenido ningún éxito.
—Tendría que haberme avisado. Estaba completamente convencido de que nuestra cita obedecía al objetivo de valorar en conjunto el libro de su hermana, pero usted se ha marcado un monólogo de primera, aunque nunca antes había compartido conmigo lo que escribe.
—Creí que dadas las circunstancias, quizá era el momento de hacerlo. Pero veo que me he equivocado. En cualquier caso, voy a intentar comenzar desde el principio.
—No hay problema, no tenemos otros compromisos. Estamos a su entera disposición. A fin de cuentas, somos personalidades creadas por usted. Se lo debemos. Ahora bien, debería dotar de cierto carisma a su propio personaje, ya que si siempre soy yo el que le corrige, el lector se aburrirá ante lo evidente.
—¿Qué es lo evidente?
—Que yo soy el listo de la pareja, ¿lo ve?, sigue haciéndolo. Reconvierta el relato, hágame hacer alguna estupidez; no sé, emborrácheme, drógueme.
—Bueno, eso no puedo hacerlo así como así…
—¿Por qué no? ¿No es usted el narrador de esta historia?
—Sí, yo soy la máscara del verdadero narrador, ya debe saber cómo funciona todo esto. Yo he sido elegido para ser el ojo a través del que se vislumbra la historia en esta parte de la narración, pero el verdadero narrador está detrás de mí. Él nunca quiere hablar por sí mismo, porque si lo hace, la relativa ficción que anima el escrito se desvanecería irremediablemente, y con ella se acabaría cualquier posibilidad de llegar al corazón del lector. La ficción tiene una parte de realidad y viceversa. Aquí jugamos a traspasar esas fronteras, pero a veces el propósito supera las posibilidades y finalmente nos vemos obligados a sustituir el submarino por la bañera, ¿qué le vamos a hacer?
—Bien, pero, desde mi posición, habiendo sido elegido para desenvolverme en el rol de un personaje que en esta parte del trayecto, resulta ser secundario, no acabo de ver claro eso de que el verdadero narrador nunca quiera hablar por sí mismo. Yo creo intuir que el narrador -léase: el escritor- habla, quiera o no quiera, por la boca de sus personajes. Hablan sus inquietudes ideológicas, de acuerdo, eso ya está fuera de duda, pero no se trata únicamente de eso. Lo que realmente quiero decir es que quiero decir. Yo hablo porque quiero mostrar mis infinitos rostros, por eso elijo escribir «infinitos rostros», en lugar de «rostros infinitos». Yo elijo un estilo, una cadencia, un ritmo; y todo ello deja ver cuáles son mis consideraciones en cuanto a qué significa escribir, desde mi punto de vista, claro. La historia es el fin del trayecto, pero lo interesante estriba en el proceso, que es una historia en sí misma. La historia de la historia es la verdadera historia. Lo sucedido estos días, por ejemplo, es solo un pretexto para proyectar las tesis del narrador. Poco importa lo que está sucediendo si no es como ruptura hacia lo que podría suceder, así que no se trata de la aceptación del presente sino de su revocación simbólica en el universo literario, sobre todo cuando se trata de algo como lo que, actualmente, está sucediendo. Por eso es importante nuestra iniciativa política, para frenarle los pies al alucinado.
—Guillermo, pero ¿y si el lector se aturulla y deja de percibir claramente el propósito de la novela? Quiero decir, ¿quién narra esta historia? ¿La narra el escritor o la narra Isaías? Por ejemplo, Isaías estaba en la habitación, sentado a mi izquierda y hablaba sobre el libro de Ana. Quise entender que, posteriormente, estabas juzgando la manera en la que él escribía sobre la literatura de su hermana, pero no me quedó del todo claro. Un tanto extraño este juego en el que los personajes a veces son entes humanos y en ocasiones son fantasmagorías a través de las que se muestran los problemas literarios.
—Pepe, cariño, eso te ocurre porque hasta ahora no habías intervenido en la historia. Ahora debes hacer de tu presencia una realidad densa y tangible, una realidad psicológica que tome forma y ocupe su lugar. Tú estabas en la habitación, junto a nosotros; me refiero a Isaías y a mí. Hablaste, pero el lector no te escuchó. Ya sé que es porque no te gusta hablar en público, pero olvida que esto es una novela, piensa en que esta es tu única oportunidad de entregarte a cierto tipo de existencia. Utiliza, por ejemplo, un monólogo razonable. Verás como, poco a poco, irás apareciendo y, a la vez, comprendiendo el motivo de tu presencia en esta historia.
—De acuerdo. Nuestra relación es un tanto tormentosa y nos gusta llevarlo todo hasta sus últimas consecuencias, cosa que, quizás, deberíamos dejar de hacer. Nos conocimos hace muy poco tiempo y aun temo que pronto de te aburras de mí y me sustituyas por una nueva atracción de fin de semana. Yo no soy ningún adonis, pero mi lealtad tiene plaza fija en tu confianza. Además, desde que os encomendasteis la misión de enfrentar al alucinado a través de las urnas a penas pasamos tiempo juntos.
—Eso es, Pepe. Ahora comienzo a verte.
—Tuve una infancia fácil, mi padre era diplomático y siempre andábamos de aquí para allá, por lo que no he tenido tiempo de arraigarme con el énfasis necesario a ningún trozo de terruño existente. Mi madre solo le seguía, pobre mujer. ¡Cuánto me alegré cuando le puso los cuernos!
—Espera, espera un momento.
—Sí, dime.
—Creo que deberías centrarte más en una posible descripción de tu realidad actual. Piensa que tu necesidad de ser, en cuanto a lo que al autor respecta, es inmediata. Tú planteaste la duda sobre la idoneidad de la novela, por lo tanto te corresponde a ti arrojar luz sobre el interrogante y desanudar la incertidumbre hacia la que nos dirigimos lo antes posible.
—Espera, Ana está llamando.
Ana: ¿Cómo estás? No sé por qué te llamo, pero creo que necesitas algo de ayuda para tomar densidad en esta historia. No te preocupes, tu personaje comenzará a aparecer claramente de un momento a otro. Por ahora vamos a intentar hacerle partícipe del embrollo que anima la historia narrada hasta el momento, así nos resultará más sencillo y natural. Yo voy a preguntarte por mi libro, por si sabes qué ha dicho Guillermo y si mi estúpido hermano ha estado a la altura suficiente, porque la verdad es que no me fío ni un pelo de él. Mira lo que ha hecho contigo, un personaje con tantas posibilidades y te deja en el tintero como si fueras un triste pelele. Un personaje no puede ser llevado en volandas por el escritor. Debe adquirir cierto poder, de manera que nos haga olvidar que está siendo creado y tome entidad propia; eso es lo que te falta, aunque todavía no está todo perdido. Comencemos por describir el vínculo que hace posible que tu número de teléfono figure en mi agenda, porque evidentemente tú yo nos conocemos desde hace tiempo. Seissietenueveochocuatrocincotresseisuno. O mejor: seissietenueve ochocuatrocinco tresseisuno. Finalmente, lo más adecuado sería transcribirlo numéricamente, es decir: 679 845 361, o 679845361. En todo caso ese es tu número de teléfono. Fijo no tienes nada, ahora menos aún. Guillermo se aprovecha de tu talento. Eres tú el que realmente da el visto bueno a los nuevos títulos de la editorial. Tienes un ojo privilegiado y una sensibilidad inaudita para saber dónde comienzan las posibilidades de corrección de un texto y dónde terminan, dando paso a la diversidad de estilos y a la apertura necesaria como para comprender que ni está todo dicho, ni debe estarlo. Por eso no le soporto. Mi hermano no lo comprende, pero es por eso mismo. Es un farsante. No digo que no tenga cualidades, pero carece de ética alguna, ¿para qué quiero yo un erudito imbécil? ¿Ves? Tu personaje es ya persona. Estamos utilizando ideas y situaciones recurrentes para darte vida. Seguimos. Tú yo nos conocemos desde hace tiempo, decíamos. Tu padre y el mío eran amigos y compañeros. Militantes de la CNT. Mi padre es hijo de Marianet, Secretario General del sindicato en 1935. Mi abuelo, un gitano anarquista. Estuvo en la cárcel y allí conoció el ideal libertario. Creo que tú y yo estamos irremediablemente influidos por la mirada ácrata, de ahí nuestra reticencia a tolerar la autoridad y nuestro aun mayor rechazo a legitimar las múltiples relaciones de poder que lamentablemente atraviesan la vida social y política. Y hablando de relaciones de poder, ¿por qué permites que ese fantoche disfrazado de progre se apropie de tu trabajo y te explote sometiéndote a un chantaje emocional tan cruel y malsano? Que la creatividad es libre ya lo sé. Que el trabajo es colectivo, también. ¿Pero qué tiene que ver todo eso con lo que está ocurriendo aquí? Deberías darle una patada a ese gachó, ni te valora ni te respeta lo suficiente. Pero ya eres mayorcito. Ya hemos perfilado lo suficiente tu personalidad como para que tomes el relevo y sigas explicando tú lo que ya nadie puede explicar: que estés saliendo con ese idiota. ¿Qué piensas sobre mi libro? ¿Te ha gustado? ¿Y él? ¿Qué dice él sobre todo ello? No creas que me importa demasiado pero, ¿están hablando de mí?
Pepe: Sí, han estado hablando sobre ti, pero yo estaba ocupado escuchándote. De todas formas, el autor ha estado tomando nota de todo, no te preocupes. Al parecer, tu hermano montó en cólera y comenzó a insultar a Guillermo, nunca lo había visto así. Ya le dije que no bebiera esta noche, que los ánimos no estaban para emborracharse, pero a él le resbalan mis palabras. Sabes que siempre ha respetado más a Guillermo, por eso se tratan de usted, lo cual no deja de sorprenderme, ya que éste no hace otra cosa que tratarle de manera condescendiente y ningunearlo una y otra vez. La cuestión es que eso a Guillermo le dio risa y, por supuesto, Isaías se enfureció aún más. Al levantarse tropezó con la silla y cayó estrepitosamente, sobre la alfombra, menos mal. Sí, sabes que si se cae, ha de caerse estrepitosamente, si no es así no tiene gracia. A mí me dio mucha rabia, porque eso iba a conducirnos a una escena incómodamente cómica para tu hermano, lo cual haría que su fuerza moral se debilitase. Yo me levanté para ayudarle, pero él rechazó mi ayuda y se incorporó sonrojado, apoyándose en la mesa. Cuando consiguió erguirse, reanudó su discurso ante la sorna de Guillermo, que no hacía otra cosa que mirarme, riéndose, pero yo no le di el gusto de participar en su teatro de arrogancia. Isaías es un buen hombre. Un hombre tonto, de acuerdo, pero un buen hombre al fin y al cabo. Ha defendido tu novela con pasión y lo ha hecho con mucha honradez. El cree en ti. Ojalá Guillermo creyera tanto en mí. ¿Que por qué estoy con él? Ni yo mismo termino de comprenderlo. Sabes que yo también escribo, pero dice que necesito leer más. ¿A quién? A sus autores, claro. Claro que tenemos que seguir trabajando el estilo, pero para perfeccionarlo y pulirlo, no para transformarlo en el de otro. La valoración de lo que merece o no merece ser escrito procede a menudo de apreciaciones ensimismadas y egocéntricas. Mira Ana, si tienes algo que decir y tienes una voz, escribirás y saldrás adelante. Tu novela es buena, qué digo, ¡muy buena! En ella hay frescura y también hay ideas. Debe publicarse y se publicará, ya que yo he apostado personalmente por ella frente al consejo editorial. Todo lo demás no es sino un juego de Guillermo para exasperaros. Sufre de envidia. Por eso me silencia. ¿Por qué crees que no he aparecido hasta ahora? No es tu hermano el culpable sino él. Por supuesto que he hablado, ¡y tanto! Para empezar coincido absolutamente con las apreciaciones de Isaías sobre la tan a menudo aséptica conformación del carácter psicológico de los personajes literarios. Por cierto, ¿no me quieres interrumpir?
—No, es tu momento.
—¿Estás segura? Porque yo creo que
—No creas nada, sigue.
—Pero, ¿no te parece más realista el que podamos interrumpirnos? Después de todo somos
—Qué pesado, deja eso para otro momento. Ahora vas a cortocircuitar el punto álgido del relato, que tiene que ver con
—El punto álgido, eso es un lugar común. Yo no estoy interesado en mostrar punto álgido alguno. ¿En tu día a día hay algún punto álgido?
—Por supuesto.
—¿Ah sí? Pues en la mía no, yo no vivo pensando en ningún
—Claro que hay puntos álgidos. Pero tú lo estás fastidiando con esta interrupción insustancial.
-Pero si eres tú la que me estás interrumpiendo ahora
—¡Porque estás introduciendo el tema de las interrupciones! Hagamos una cosa. Dejemos este problema para otro momento. Ahora me gustaría seguir escuchándote sin rechistar. Ya responderé, si resulta oportuno. No quisiera caer en más lugares comunes. Te pido por favor que continúes. A poder ser, sin hablar de lo sucedido, eso nos limitaría en estos momentos.
—Bien, continuaré entonces con mi monólogo. Pero quería que fueses testigo de cuál es el verdadero problema que entraña el introducir interrupciones en un relato de estas características. Como ves, no es posible extender demasiado este fenómeno sin desembocar en el absurdo. Y no me refiero al glamuroso absurdo surrealista, sino al absurdo sin ton ni son exento de carisma alguno que a muchos neo malditos les gusta exhibir con la intención de provocar a yo no sé quién. He de advertirte mi descontento sobre otra cuestión. Se trata de eso de los lugares comunes. Por lo que veo, según tú, de lo que se trata es de huir y escapar constantemente de ellos, sin embargo yo no estaría tan seguro. Creo que nos hemos equivocado a la hora de designar el problema. Yo no hablaría de lugares comunes, sino de lugares recurrentes. ¿Qué tiene de malo encontrar los lugares comunes? El reto reside en encontrar los lugares comunes menos recurrentes, o quizás encontrar formas no recurrentes de encontrar los lugares comunes. Espacios comunes en los que nos encontremos. Espacios abiertos. Es decir, sabes que para mí, que en estos momentos me transformo en el narrador de la historia, habría sido mucho más sencillo abordar mi relación con Guillermo de otra manera, quizás más frontal, porque ¿cuál es la temática de esta novela? No podríamos hablar de amor. No podríamos hablar de muerte. Ni de la amistad, ni de la libertad, ni del deseo de felicidad. Sin embargo, todos estos temas están abordados, de una manera u otra, en esta historia. Todo ello sin contar con lo sucedido, que es lo que realmente nos ha congregado aquí; pero de acuerdo, no mencionaré el tema, por ahora. Guillermo e Isaías acaban de brindar por tu libro y están abrazándose. Todo era un espectáculo para el entretenimiento del pópulo. ¿Hay una manera menos recurrente de situarse en un espacio común? No lo sé, es posible. En todo caso, siempre hay muchas formas de contar una misma historia y, a veces, es precisamente la forma la que determina el éxito o el fracaso correspondiente. Aunque para juzgar eso tengamos que andar con pies de plomo. Mi más sincera enhorabuena, Ana.

Jorge Enrique Adoum

Jorge Enrique Adoum

Prohibido fijar carteles

Despiertas casi cadáver cuando el reloj lo ordena,
el día no te espera, hay tanto capataz que mide
el milímetro del centavo que se atrasa por ti,
bebes el café que te quedó de ayer y sales
consuetudinario PROHIBIDO CURVAR A LA IZQUIERDA
y casi PROHIBIDO PISAR EL CÉSPED y pisas el césped
porque ibas a caerte, luego avanzas, ciudadano
y durable, PROHIBIDO CRUZAR sin saber por qué lado
ir ni para qué PROHIBIDO ESTACIONARSE porque no puedes
parar la maquinaria infatigable con tu dedo
sólo porque te entró una astilla en el alma,
OBEDEZCA AL POLICÍA así es más fácil, saluda,
dí que sí, que bueno PROHIBIDO HABLAR CON EL CONDUCTOR
y quitándole dócilmente el sombrero estupefacto
PONGASE EN LA COLA anuncia tu hereje necesidad
de trabajar en lo que fuese NO HAY VACANTES,
tal vez el año próximo por la tarde, pero no te dejes
dejar para mañana lo que puedes morir hoy
y aguantas y volverás cuanto te llamen PROHIBIDO
USAR EL ASCENSOR PARA BAJAR con tus piernas,
para eso las tiene gratis desde el último accidente
NO SE ACEPTA RECLAMOS para que vayas de guerra
en guerra con tu himno nacional SONRÍA, tu banderita,
la patria a la que le debes tanto, como todos,
pero ten cuidado, imbécil: por ir pensando en tu metafísica
descosida ibas a entrar en el parque público
PROHIBIDA LA ENTRADA, zona estratégica, tú , negro,
humano, perro cívico, civil, SILENCIO, y tú sabes
que no debes PROHIBIDO PORTAR ARMAS, eso también
se sabe y tampoco los proyectos de amor, los aromas
futuros, no suena todavía la sirena de las seis
PROHIBIDAS LAS HUELGAS que es cuando puedes pensar
LEA SELECCIONES TOME COCA-COLA PROHIBIDO ESCUPIR
hombre libre de este país libre del mundo libre,
y acatas las yuntas formidables de los diarios
y agradeces: otros piensan por ti y les cuesta
para que sigas libre, no te llames PROHIBIDO
USAR EL TELÉFONO sólo para tener quién pregunte
por ti PROHIBIDAS LAS VISITAS EN LAS HABITACIONES
vayan a creer que estás enfermo, PROHIBIDO FORMAR GRUPOS,
porque tú, individuo, aislado, alicaído, con el vientre
pegado al paladar que te sabe a medalla, eres inofensivo;
mejor apágate la luz, deja para algún días los rencores,
ponte en toque de queda, métete en ti, prolóngate
durmiendo para que vuelvas a amanecer, heroico
de puro testarudo, a leer las nuevas instrucciones
para hoy como un estado de sitio: prohibido tener
libros de Marx y otros libros, prohibido llevar los cabellos
como te dé la gana, prohibido ir a China, prohibido
besarse en los parques, prohibido tener fotografías
del Che, nombrar al Che, leer al Che y otros autores,
prohibidas las faldas cortas, las películas suecas,
prohibidas las canciones de Bob Dylan, los dibujos de Siné,
prohibido hablar mal del gobierno, prohibida
la información sobre los grupos subversivos, prohibidas
todas las manifestaciones, queda prohibida la lucha
de clases ha dicho el Presidente?

y tu sigues, aguantón
y cobarde, sólo porque el instinto, él también,
quién lo creyera, te colgó su letrero :

SE PROHIBE MORIR

Tres poemas de Jorge Riechmamn

Tres poemas de Jorge Riechmamn

I

Los regimientos de debeladores
de la poesía panfletaria

¿se paran a pensar que en general
redactar un buen panfleto es tan difícil
como escribir un buen poema?

II

Hay poetas
de dos especies:

aquellos a quenes por encima de todo
interesa el futuro
del arte poético

y aquellos más bien preocupados
por el futuro
del género humano

Wrongo no puede evitar
sentir más simpatía
por la especie segunda

III

No me dejéis decir
-ruega Wrongo-
palabras altisonantes
mendaces
o inexactas

No me dejen hablar
como si fuera un fatuo heraldo del futuro
o un autodesignado portavoz
de los violentamente silenciados

“Abuso de posición dominante”
es una expresión que no debería resultar familiar
sólo a los economistas:
también a los escritores
también a los poetas

No me dejes usurpar tu voz
ni decir una palabra
más alta que otra

*Los poemas pertenecen al libro “Rengo Wrongo”. XIV Premio de Poesía Ciudad de Mérida. Jorge Riechmann. DVD Ediciones. 2008.

Dos poemas de Enrique Falcón

Dos poemas de Enrique Falcón

ESPAÑA Y POESÍA, VIEJITA Y REGAÑADA

Mi poesía dice cosas
cada vez más raras.

Dice que me duermo,
que me tiendo enternecido sobre espacios imposibles,
que ya es difícil caminar por ella
junto a un hombre que respira lentamente.

He perdido amigos tan solo por eso,
todos ellos poetas,
muy especialmente
quienes piensan (yo no sé por qué razón)
que esta guerra comenzó se entabla en el lenguaje
no en la fiel brutalidad que sí ejercen los ricos
no en el uso de la fuerza
no en las leyes que se amansan en las uñas de unos pocos.
No:
en esa cosa torpe que desata la lengua
y nos deja mentir

Por eso y otras cosas
de los poetas del Partido Socialista
ya espero bien poco
a penas se dedican a rascarse mueven
troquelan excepcionales técnicas
de pueril propaganda.
Experimentan sueños terribles
si no ven la Moncloa.

Otros
se inflitran en las filas comunistas
fascinan a unos cuantos compañeros
describen para ellos la luz de sus acuarios.
Simpáticos e intrigantes,
corretean liberados casi a cuenta del gobierno:
de sarao a conferencia, lo que puedan medigar.

No obstante, desde aquí
todo es sin embargo disculpable:

No hay poder en la palabra,
ninguna ley se ve comprometida
los hombres siguen respirando
en medio de los campos
nada dice
del invierno por venir.

Sobre todo por eso
mi poesía dice cosas
bien extrañas

Por ejemplo:
que hay nieve en las costillas de mi hijo
que nadie en estos barrios ignora las estrellas,
y que hoy la policía
desistió de investigar.

Por lo demás, queridos compañeros
nada logra preservarse.

Lo digo con vergüenza.

pero hay poemas que eligen
casi como único tema
ahí, por fin: el mundo

Y por eso es por lo que
mi poesía se vuelve tan extraña

Por ejemplo
siete páginas más atrás
(según lo que pudiera hacer el editor)
un hombre que respira lee
mi poema ke dice cosas que no sacian
miento
cosas que no beben
digo
esas cosas que sin fuerza
no consiguen evitar ninguna detención.

Visto desde aquí,
fuera de cualquier comisaría,
nada tiende a preservarse.
(Quizá tuvo razón
el poeta R oque Dalton
al decir que solo la guerrilla era
la única organización pura
quue nos va quedando en el mundo de los hombres)

Por eso o lo contrario, compañeros,
mi poesía dice cosas
cada vez más raras:

que hay nieve en las costillas de mi hijo,
que Dalton no se ha muerto,
que lejos ya respiran los campos y los hombes,
y que poco falta ya
para verte indefendible.

LLUVIA TEMPRANA

Esperan que te rindas.

Que devuelvas las canciones a sus cuartos.

Que lenta y pobremente
atiborres sus rincones con cristales

y apartes de tus hijos la visión de una revuelta.

Esperan que claudiques-seas piel, dentaza o marzo.

Que suavemente caigas.
Que así tu rendición.

No les libres de la piedra que respira en tus manos.
No les venzas los ojos.

Nada dice
de la lluvia temprana que va a abatir las puertas,

nada
de ese incendio intacto y por venir.

La tormenta, compañero, llegará.
Conta todos los pronósticos,
menos tarde que temprano,
-seas piel, dentada o marzo-
el ciclo de las lluvias /llegará.

Porción del Enemigo. CALAMBUR (Poesía, 136, Madrid 2013)

Colaboración en Píkara Magazine

http://www.pikaramagazine.com/2014/02/en-busca-del-macho-encubierto/#comment-53400

Las compañeras de Píkara Magazine publican mi pequeña aportación para seguir reflexionando sobre las cuestiones género sexuales, sobre el racismo y el clasismo.

Es más, hablamos de una subjetividad que precisamente ha construido su hegemonía sobre la ocultación de su identidad sexual, de género, cultural y geográfica a la vez que ha visibilizado las subjetividades otras como identidades periféricas y subalternizadas. Nos encontramos con una mirada omnipresente, universal y objetiva que se hegemoniza a través de una subalternización de las otras miradas culturales, geográficas, espirituales, etno raciales y por supuesto género sexuales – See more at: http://www.pikaramagazine.com/2014/02/en-busca-del-macho-encubierto/#comment-53400
Es más, hablamos de una subjetividad que precisamente ha construido su hegemonía sobre la ocultación de su identidad sexual, de género, cultural y geográfica a la vez que ha visibilizado las subjetividades otras como identidades periféricas y subalternizadas. Nos encontramos con una mirada omnipresente, universal y objetiva que se hegemoniza a través de una subalternización de las otras miradas culturales, geográficas, espirituales, etno raciales y por supuesto género sexuales – See more at: http://www.pikaramagazine.com/2014/02/en-busca-del-macho-encubierto/#comment-53400
Es más, hablamos de una subjetividad que precisamente ha construido su hegemonía sobre la ocultación de su identidad sexual, de género, cultural y geográfica a la vez que ha visibilizado las subjetividades otras como identidades periféricas y subalternizadas. Nos encontramos con una mirada omnipresente, universal y objetiva que se hegemoniza a través de una subalternización de las otras miradas culturales, geográficas, espirituales, etno raciales y por supuesto género sexuales – See more at: http://www.pikaramagazine.com/2014/02/en-busca-del-macho-encubierto/#comment-53400

La literatura en la construcción de la ciudad democrática

La literatura en la construcción de la ciudad democrática

Es cierto que, especialmente desde los espacios libertarios, la crítica a la mistificación de la denominada “Transición Española” ha formado parte consustancial de la perspectiva política de numerosas miradas a lo largo y ancho del Estado Español desde que, allá entre los años 75-77, se llevara a cabo la misma.

Con la irrupción del Movimiento “15 de Mayo”, la puesta en duda del falso valor de verdad adquirido por el sistema democrático español alcanzó un mayor grado de aceptación general en segmentos de la población hasta el momento despolitizados.

Historificar dicho descontento no significa otra cosa que conectarlo con el origen del objeto de crítica ante el que reacciona. Nuestra mal llamada democracia consitituye la herencia política legada por los artífices principales de la Transición; y es a través de la mistificación de la misma como se ha naturalizado la aceptación fatalista de lo que se ha convertido ya en un aspecto fundamental de nuestra identidad ideológica: la política del mal menor.

A través de la política del mal menor se nos enfrenta a una situación eternamente maniquea en la que la única opción posible ante la consolidación de las normas vigentes es siempre catastróficamente peor que las mismas. Es así como, manteniendo intocables los antiguos privilegios heredados del régimen, son los propios poderosos los que se arrogaron el derecho a conducir los cambios exigidos; eso sí, a cuenta gotas. Chantajeando intermitentemente a los segmentos más acomodados de nuestra sociedad, neutralizan la posible emergencia de exigencias estructurales de base, ya que las clases desfavorecidas están demasiado ocupadas en mantener el mínimo sustento salarial para salir adelante.

A causa de la pauperización de la denominada clase media del Estado Español, producida por los devasatores efectos de la crisis financiera, el descontento inicial ha incrementado su intensidad y presencia pública haciéndose mediáticamente inocultable. No obstante, para evitar que dicho mal se convierta en motor de transformación social, los poderes públicos evitan cualquier tendencia a situar históricamente la indignación producida, examinándola en base a los parámetros publicitarios de la novedad y la espectacularidad.

Como se traduce sintáctica o estéticamente todo ello en el arte o en la literatura ha sido y es materia de análisis de las más diversas índoles y procedencias ideológicas. Y no es para menos.

Quizás, la corriente poética de la conciencia crítica ha venido a representar un espacio de creación colectiva que no solo se niega a dar la espalda a las quiebras, falsedades y dobleces que atraviesan a la social democracia española y europea, sino que pone bajo sospecha los propios mitos fundacionales sobre los que se sustenta.

No obstante, la preeminencia de un enfoque condicionado por la economía política de corte eurocéntrico y la ausencia de reflexiones críticas ante las jerarquías género sexuales y raciales inherentes al capitalismo moderno limitan la capacidad crítica de nuestras propuestas, salvando las honrosas excepciones. Si, tal y como advertía Walter Benjamin, para diagnosticar la patología del Estado, es necesario situarse en el lugar de los oprimidos y mirar desde allí; quizás, para diagnosticar la patología de la literatura y el arte- que no son sino traducciones sintácticas y estéticas de la primera-sea necesario poner bajo lupa, no solo la situación socio-política de sus artífices, sino su propia identidad.

Me permito rescatar aquí algunas de las reflexiones que Manuel Vázquez Montalbán compartió en su libro “La literatura en la construcción de la ciudad democrática”, en el año 1998.

“(…) Si quitamos el estuche a esa ciudad democrática que ha construido la transición y que acaba de entregar definitivamente en manos de la nueva derecha, el Partido Popular, veríamos que es una suma de pavorosas pobrezas, no me refiero ya estrictamente a las pobrezas económicas, aunque esa ciudad acumula la antigua y la nueva pobreza, sino de terribles pobrezas morales, ideológicas y de proyecto. Aplicar la literatra a esa crítica me parece una necesidad para el escritor que se enfrenta a la confusión o la falsificación de los códigos instalada en la sociedad. El escritor lo puede hacer incluso desde la asunción de lo que se llama la posmodernidad, no hace falta que renuncie a ese eclecticismo de carácter técnico o de conocimiento que plantea, es decir, puede instalarse en un cierto escepticismo, en una cierta aceptación de todo lo que ha sido el patrimonio, no es necesario que se decante por una tendencia ni estética, ni política, ni ideológica determinada. Basta con que se enfrente a la realidad y que se dé cuenta de que está deshistorificada y que es preciso devolverla a su curso histórico.

La posmodernidad, asumidad como situación de impasse de la modernidad y no como ideología, tendría que volver a rehistorificarse y redescubrir que la necesaria ciudad del futuro, que en esta ciudad que nos han puesto delante como el skyline final de la ciudad supuestamente abierta y cerrada, no es el skyline definitivo de la última ciudad de la historia, sino que hay que aspirar a otro skyline, el de una ciudad global, futura, que a la vez sea igualitaria, solidaria y libertaria.”

Páginas 114, 115 y 116